sábado, 8 de marzo de 2014

Te está gustando así

Hace días que escribo y dibujo con tinta china. Es una de esas ocurrencias ingeniosamente tontas para seguir haciendo lo mismo pero de manera diferente. Quedarme pensando en cual va a ser la siguiente línea es un poco peligroso usando plumas. Con solo mantener dos segundos la pluma sobre el papel se hace una mancha enorme que ya no permite distinguir la letra. Todo cambio tiene sus inconvenientes como todo sueño. Por eso aunque las ideas estén claras siempre están las dudas. Las dudas son las que nos hacen detenernos, desviarnos del camino, hacernos a un costado, pensar y meditar para ver si es eso lo que realmente queremos. Entonces todo lo que iba sobre rieles de pronto, aun siendo hermoso, se desmorona por nuestra duda. Una duda que puede manifestarse en decepción, aburrimiento o cansancio. Pero sin lugar a dudas esta es una de las mejores cosas que pueden pasarnos. Incluso a veces damos media vuelta porque deseamos aquello que siempre aborrecimos, tal vez porque en el fondo siempre lo quisimos. Queremos lo ideal pero nos fascinan las imperfecciones y las complicaciones. Queremos una versión del “cierto orden del caos” en nuestras propias vidas.
Siempre dije que a las mejores personas, Dios, las pone a más de diez mil kilómetros unas de otras. ¿Las mejores? Bah… quizá debería corregir y poner “aquellas que juntas escribirían el Libro de la vida”. Las distancias, en fin, entendidas como imposibilidades de tiempo, lugar y forma.
Nunca fui de llevar la cuenta de nada. Tengo un problema con el tiempo. No lo puedo manejar. Puede que quizás sea una negación interna. Sin embargo, ahora, llevando la cuenta, mi última falta ha sido el acopio ilegal de regalos, una especie de retención indebida, salvando las diferencias. Por lo tanto, si hay tirón de oreja…
Además debo informarte oficialmente que el otro día consolidaste tu status al despabilarme después de cuatro años con un lenguaje técnico que nadie había utilizado aún conmigo.
Siempre te he llevado como estandarte de victoria, donde quiera que vaya, donde necesite valor, donde necesite decisión, donde necesite de alguien con quien contar, en quien creer. Allí, estará tu imagen.
Sigo el hilo de mi sueño con aquel comienzo que parafraseaste entrecortada a través de un mensaje, aunque me hayas tirado la primer pavada que se te haya cruzado por la cabeza en ese momento. Lo cierto es que nunca olvido ese espacio color rosa. Por aquí, como de costumbre, la mayoría de las creaciones se siguen haciendo con un cinco por ciento de imaginación y un noventa y cinco por ciento de café.
Sabés que adoro las dedicatorias y las posdatas. En cierta forma porque inmortalizan a mi modo de ver esas máximas expresiones de reconocimiento de un modo especial.

P.D.: el otro día descubrí que el servicio postal tiene sus puertas abiertas durante la tarde.-

P.D. II: llegará en “menos de lo que cante un gallo”.-

P.D. III: formás parte de mi “Transparente de la Fama”, sabelo. Tu lugar, el primero y bien merecido: margen superior izquierda como para que quien te vea empiece por leerte.




sábado, 23 de noviembre de 2013

Cientos de formas sin formas.-

El ruido del motor de la heladera, tacones por los pasillos que ya volvían un sábado por la madrugada, algunos pajaritos madrugadores que ya cantaban a las 4:00 a.m., mosquitos que volaban zumbando sobre un techo blanco cubierto de sombras… el primer sorbo de ese té frio cuando cruzaba del baño a la habitación mientras se lo escuchaba a John Lennon desde afuera pisos más abajo. Las sombras, siempre las sombras… formas, cientos de formas sin formas. Cosas que iban formándose en las paredes. Cosas que no sabíamos que eran pero que allí estaban. Aunque la claridad apenas entre por debajo de la puerta hay suficiente luz como para sentarme sobre un almohadón en el suelo y pensar en esos cigarrillos que jamás volveré a fumar, nunca más por lo menos a aquel ritmo.
Hace apenas unos días me preguntaban porque me hacía preguntas estúpidas como éstas que me estoy haciendo mientras miro las puertas traseras de mi placard. La playa, las tarjetas, los dibujos, las fotos… todo en el transparente, todo, absolutamente todo cubierto de pinches. El tiempo jamás pasó y no esta tan mal como lo pintan. Se trata solamente de decir las palabras mágicas y empezar de nuevo. Un paso tras otro siempre en busca de la botella que esté más fría.
Abandone muchas costumbres. Bah… las sustituí. Las tonterías jamás se abandonan. Al menos sigo recordando pero con un toque de picardía como cuando vuelvo a contar aquella vieja historia del arreglo de mi primer motor. El primer gran orgullo después de haberme vestido solo. Y aunque sea todo distinto en cierta forma se te extraña, casi tanto “demasiado” por no poder hacer las comidas tan pesadas como te salían a vos, por no tenerte sentada del otro lado de la mesa escuchándome hablar de historia sin entender nada, pero sentada, allí, del otro lado después de todo. Se te extraña porque nadie como vos para robarme todas las tarjetas y las monedas de cinco centavos que caían en mi cajón. Nunca vi a nadie que le haya brillado tanto como a vos los ojos como cuando proponía comprar una Coca Cola o Palitos de la Selva. Todas las botellas que me regalabas al final se iban con vos dentro de tu cartera cada vez que te ibas.

Todo ha cambiado pero sigo pensando en bajar por una Bock a las 3 de la mañana. Aunque nunca me llevé bien con las mascotas te juro que me costó un montón desprenderme de aquel perrito que encontramos en San Luis y 9 de Julio, pero ¿Qué podía hacer? Están prohibidas las mascotas. ¿Ves? Es como que todo tuvo una razón de ser. Mi próxima adquisición tal vez sea la pecera con esos “pececitos de colores” de los que tanto hablabas que querías darles de comer. Es así, y no hay vuelta atrás: me salen sonrisas y lo más triste es que sé porque es. Es más: necesito uno de esos días nublados en los que yo pintaba y vos bordabas. Uno de esos días en que dejábamos 30 minutos hirviendo la pava sin ganas de ir a preparar un black. Aunque suene irónico quiero volver a tener aquellos días pero esta vez quiero que haya gelatina de cereza, que no suene tu teléfono en toda la tarde y volver a subir las escalinatas de la Iglesia de Nuestra Señora de La Merced de la mano los domingos por la noche.

P.D.: volví a coleccionar tarjetas :) o/


viernes, 4 de octubre de 2013

Solo me faltan tus colores

Me pregunto si tendría el valor de contarte tan solo un secreto de los miles que le confieso cotidianamente a mi almohada durante mis sueños. Me pregunto si tendría el coraje suficiente para no mirar hacia otro lado cuando clavas tu mirada sobre mis ojos en busca de alguna tonta respuesta. Me pregunto si tendría la intrepidez para decirte “hola” y tal vez luego preguntarte la hora o hablarte del pronóstico. Me pregunto si en aquel instante en que me interrumpiste esperabas algo más que saber en qué aula era la clase de aquel día. Me pregunto si alguna vez podré hablarte sabiendo que decir, por dónde empezar o al menos terminar las oraciones sin tartamudear y entrecortarme. Es que han pasado muchos años y sigues siendo tan original y perfecta como siempre. Es como si el tiempo se hubiese detenido en aquel instante en que te vi por primera vez hace siete años. Tu belleza sigue siendo un resplandor y ha ocupado desde aquel entonces el primer lugar, insuperable e inalcanzable por años luz.
Tal vez nunca llegues a saberlo pero te he dedicado los mejores momentos de mi vida y no ha habido instante en que no haya cerrado los ojos y querido compartir cada minuto de mi vida desde aquel día con vos. Creo que así he sido feliz cada uno de mis días, los buenos y los malos. No ha habido prueba o experiencia a la que no haya superado con alegría con solo imaginarte del otro lado esperándome con los brazos abiertos ni camino recorrido sin la sensación de tu compañía a mi lado, u observado paisajes en donde no haya visto bajo el sol o la luna tu sonrisa. Eres la única persona a la que aceptaría con los ojos cerrados con tus defectos y virtudes sean cuales fueran.
El hecho de sentirte cada vez más cerca no ha hecho otra cosa que inundarme de caricias el alma y de alegría el corazón.
Estás tan cerca que casi puedo sentir tus abrazos, tu voz, tu calidez, tus besos que tanto me los he imaginado… y eso hermosa, es lo más lindo que me puede estar sucediendo.

P.D.: solo me faltan tus colores y tendré la historia de amor perfecta.-





jueves, 25 de julio de 2013

Solo cuando me escuches hablar, nunca antes.-

Tal vez me veas de lejos o de cerca. No sé. A lo mejor me cruces, me esquives o me pases por arriba. Podrás mirarme o tal vez no. Puede que pase delante tuyo y me ignores porque tal vez no sea lo que realmente buscas, o quizás que no me veas, que no me oigas, que no me sientas, como si fuese un fantasma, una masa de aire que, si bien no dificulte tu trayectoria ni estorbe tu camino, se haga apenas perceptible por su tenue e insignificante calidez. Así seguramente seré siempre: imperceptible o al menos “casi”. Entonces abriré mis labios y te inundaré de palabras, de sensaciones, de emociones, de descripciones, de historias, de ideas, de sueños y de reflexiones. En ese momento escucharás mi voz y todo lo que de mi fluye. Allí podré decirte que tú me has ignorado como tantas otras y sabrás acerca de todo aquello que viniendo de ti lastima mi corazón y de lo que inevitablemente lo llena de alegría. Allí en ese preciso instante, estés donde estés me escucharás. Me verás y ya no seré "nada", ya no seré "aquello que no existía"  o que tal vez estuvo "muerto". En ese momento me materializaré y ocuparé un espacio en el mundo, un pequeño lugar en tu mundo y ya nunca más podrás ignorar mi existir aunque así lo desees. Solamente en ese preciso instante, cuando me escuches hablar y nunca antes.

P.D.: serás capaz de sobornarme con un abrazo el día que seas capaz de renunciar a ti misma por un beso.

# Dedicado a mi Chanchita hermosa, dulce, dormiloncita y terriblecita :)




lunes, 25 de marzo de 2013

Ingenuidad


Estuve ausente por un largo tiempo. Me alejé. Volví a la infancia y con ella, a desear la tan anhelada libertad para luego verme envuelto en una jungla donde lo único que terminé buscado sin encontrarla, fue la seguridad. Quise darle incrédulo un capítulo final a mi vida, uno que no reconozca límites temporales ni espaciales, uno que no acabase sino con mi vida misma. Siempre resultó que cada capítulo distaba mucho de ser el último ya desde sus comienzos. Terminaban siendo el preludio de muchos más que se abalanzaban en busca de alguna insatisfacción.
Por años he mirado cada hoja del roble que cubre la esquina de la plaza al caminar debajo de él. Por años me ha visto pasar, me ha sentido pensarlo y he tenido el gusto de oír sus hojas durante noches de invierno. Siempre me pregunté si algún día después de algún invierno cabría la posibilidad de que sus hojas no volviesen a brotar. Allí en mi intento por conocer el futuro, condené a aquel árbol que no molestaba a nadie solo con observarlo y preguntar “¿podría algún día…?”
Aquel árbol solo necesitaba que la ingenuidad recorriera mis pensamientos para no plantearme absolutamente nada. Creerlo inmortal, si así lo veía. Solamente admirar sus hojas que brotaban con el inicio de la primavera. Verlas todos los días y desear siempre volverlas a ver… apreciarlas.
Sé que he tardado mucho tiempo en darme cuenta de que la ingenuidad jugará un papel muy importante en lo que resta del camino, a veces siendo necesario, incluso, olvidarnos de nosotros mismos, de nuestros prejuicios, de nuestros paradigmas, de nuestros defectos y virtudes.
Comprendí con aquel roble que no volvió a brotar que jamás iba a obtener respuestas. Que el único camino para entenderte sería el de la ingenuidad. La misma que necesitaba con aquel árbol, sin importar si el tronco estaba torcido o si las raíces levantaban las baldosas de la vereda. Lo único importante era que en algún momento, de sus ramas, brotarían hermosas hojas y ya nada más iba a importar, por lo menos hasta el próximo otoño.
Nadie ha esperado ni deseado tanto en su vida como el alma tan joven que hospedas en ese cuerpo. Aunque por años seas desatenta con tus emociones, aunque desde algún pedestal me mires dándole un guiño al orgullo que te abraza desde atrás, no creo que seas capaz de dejar caer las lágrimas que tanto encierras entre los puños por rencor al destino, por temor a la felicidad, a aquella felicidad que hoy solo nos reclama humildad y amor.
Me he dado cuenta de que es lo que no quiero para poder desear lo que quiero, para poder pelear, para poder esperar, si es necesario, con alegría lo que algún día llegará. Ese amor puro, tibio, suave, presente, atento, confiable, con la dosis justa de libertad y seguridad… tranquilo…
¡Mi perseverancia será eterna desde este preciso instante!
No me importa de la mano de quien ni como llegará. Lo único cierto es que viviré el resto de mi vida a la espera de que algo tan hermoso llegará, porque sé que lo hará. Firme a la espera de esa voz que sea capaz de entibiarme hasta la última gota de sangre y de borrar la más profunda tristeza del otro lado del teléfono.
Por eso he decidido aferrarme a la incredulidad, a la paciencia, a esa ingenuidad que sin ponernos barreras nos lleva con variadas olas a distintos destinos sin rumbo exacto. A ser un iluso y soñar que toda tormenta por más fuerte que sea, siempre pasará.
He decidido simplemente creer en ese día, un día, en que tu corazón lata tan fuerte como ha latido siempre el mío. Un día en que sin pensar en las estrellas podamos verlas abrazados simplemente con cerrar los ojos. En que podamos respirar y escucharnos exhalar sin desear nada más que eso.



miércoles, 7 de marzo de 2012

Nota 21:17.-

Quisiera hacerte saber que últimamente las noches sin poder dormir son más divertidas. Pero ¿Cómo? Aunque en mi interior sé que he de pagarle una gran deuda al mundo, quizás por haber confundido entre mis placeres la palabra amor, me siento libre. Tanto que podría decirte sin hablar que podría esperarte cien años sentado entre las piedras, incluso tan rígido y firme como ellas, solamente contemplando atardeceres. Inmóvil, allí, buscando tu silueta en cada amanecer. Allí donde todo comienza, todos los días, detrás del horizonte.
Me he guardado tantas cosas que con el correr de los meses más me cuesta decirlas. Tal veces las voces entrecortadas, los silencios y los gestos los he vuelto a interpretar erróneamente otra vez. Prefiero quedarme y apostar todo, que perderme la oportunidad de conocer más, a pesar de que lo mejor seguramente sea no saber demasiado.
Aquellos momentos aunque intentaron ser eternos englobaron mucho. Hemos teñido el sol, la luna y las estrellas con cientos de palabras lanzadas al cielo sin dirección exacta. Hemos oído cada cosa que dijimos y vuelto a pensar, mas tarde, en cada detalle.
Es una admiración un poco enferma y ambiciosa pero honesta y prometedora. Podríamos arrancarnos a tirones la piel y almorzar juntos sobre ella.
Algunos nos hemos atrasado y otros adelantado pasos. El destino nos ha cruzado tarde o tal vez demasiado temprano. ¿Qué puedo hacer sino conformarme con estos restos tan deliciosos?
Una vez más, un par de ojos se han instalado en mi memoria. Como bichitos de luz en la oscuridad. Siempre parpadeando algunas veces, casi impulsivamente. Me dan ganas de reírme, de quedarme un rato más, de seguir pensando que es una primera vez, que es un comienzo, un gran comienzo o simplemente de esos comienzos que prometen mucho. Pero se hace tarde y el resto del mundo sigue esperando. Este es uno de los tantos turnos que me han dado.
Al final, no sé si sabré aprovecharlo debidamente esta vez. Dicen que a veces el tren pasa una sola vez. Ahora que sé de tu existencia, estoy seguro de que, las veces anteriores, definitivamente “creí” haberlo visto y que simplemente fueron una gran ilusión, un espejismo traicionero, que había intentado desviarme de mi camino, de confundirme. Quizás mi verdadera oportunidad sea esta y no otra o por lo menos así quiero pensarlo.


lunes, 3 de octubre de 2011

Un "chau-chau" y el recuerdo de un nombre...

Aún no acabo el cigarrillo y he repasado una infinidad de veces aquel momento.

Hoy todos los perfumes que he sentido se confunden en mis sentidos. Hoy todos se parecen al suyo. No hay vidriera donde no vea su reflejo junto al mío.

No pude dejar de pensar en aquella tarde… donde me agarró desprevenido.

No tuve mejor idea que perseguirla con la mirada desde que entró en la sala: o la miraba y corría el riesgo de sonrojarme o desviaba mi cabeza hacia la ventana sin cortinas por la que penetraban los rayos del sol sobre mis ojos perdiendo la posibilidad rayana de invocar patéticamente su interés. Era jueves a las 5 PM y el sol comenzaba a despedirse esa tarde de primavera. Recién estrenábamos estación cuando volvió por un día o dos un frente invernal. Las caras habían estado largas durante la mañana, había quienes aún conservaban a su lado un paraguas cuando al asomarse el mediodía las calles volvieron a arder y la gente, campera en mano, comenzaba a desprenderse el primer botón de la camisa y a aflojarse la corbata. Los primeros aires acondicionados comenzaban a sonar en las veredas a tenor de los bocinazos por los embotellamientos cotidianos. Me había ido al dentista por enésima vez en la semana en busca de alivio al dolor que durante días terminaba por liquidarme. No había tiempo que perder. Cinco en punto la cita era con la oftalmóloga por 9 de Julio y Salta, en un edificio viejo de principios de siglo pasado remodelado y ambientado como para un spa, con palmeras y piedras de río. Desde afuera el alto del muro impedía la mirada a través de los vidrios polarizados ubicados a partir de la altura de la cabeza de un hombre medio. La entrada, cerrada permanentemente por una puerta altísima, color marrón, de dos hojas y antiquísima, en la que solo se alcanza a ver un timbre a la altura de los hombros. No sé si fueron 2, 3 o 5 minutos después de sentarme que la sala se inundo de una hermosa fragancia de la cual no pude ni en la peor situación de dolor sentirme ajeno. Fueron segundos en que esos ojos se posaron sobre los míos. Como en un cruce en donde ambos atinamos a desviar por el mismo lado una, dos, tres veces… eran marrones, grandes… dulces…

En un rápido parpadeo, sus ojos rojos como estaban, parecieron lagrimear. Ese instante fue como que me hubiesen pasado una mano fría por la espalda. Pisé la tierra. Me volví hacia sus manos. En cada lado tenia servilletas de papel. Al no encontrar a la secretaria a su lado derecho se volvió a mí nuevamente y me pregunto:

_ “¿La secretaria se encuentra?”

No pude más que asentir con la cabeza, mudo, atragantado con mi propia estupidez. Solo contesto con una gran sonrisa. En la otra esquina del pasillo se encontraba un señor de barba espesa. Al mirarlo solamente asintió con su cabeza con una tenue sonrisa cómplice. Ella se sienta a dos lugares de distancia y me dice:

_ “Me duelen mucho los ojos. Mi pican y no me quiero rascar. Si es contagioso estas en problemas.”

Respondí la primera estupidez que me salió:

_ “Morir no creo así que no te hagas problema”

En esos cinco minutos subsiguientes pasaron diez mil cosas por mi cabeza… desde no tener tema de conversación, pasando por el miedo no parecer denso, de desperdiciar la oportunidad de conocerla, y terminando por la espantosa posibilidad de no volver a verla como había pasado tantas otras veces… me estaba ahogando en un charco de café derramado sobre un mantel. Iba a terminar como siempre. Por titubear, quede sin el pan y sin la torta. Entonces el destino como siempre volvió a pisarme los cordones. Llego mi turno. No tuve más remedio que entrar.

Mientras era examinado no dejaba de pensar en ella. Había olvidado todos mis interrogantes. Tal vez porque la mayoría de ellos habían quedado en la sala de esperas. A las preguntas de la profesional respondía afirmativa o negativamente sin acotar absolutamente nada. Ella estaba asombrada con mi estado de ánimo. Apagado pero concentrado. Había visto un fantasma. Jamás me había visto así pero no se animo a preguntar nada más que solamente si me encontraba bien. Unos minutos quedamos en silencio y ella me aviso que ya había terminado.

_ “Eso es todo. Estas libre. ¿Necesitas algo más? ¿Un certificado médico tal vez?”

_ “No Doctora. Gracias. Se lo agradezco. Cualquier cosa aparezco nuevamente”

Al salir un mutuo saludo fue nuestra despedida y al parecer el fin de todo. Afuera estaría la calle y una vez allí todo empezaría de cero nuevamente. Todo se resumió en un “chau-chau”. Había perdido la oportunidad de mi vida, quizás… mientras exageraba mi triste actuación, entre paso y paso, volví a la realidad, a la fría realidad. Conformista pero esperanzado, resignado pero con fe me dirigí a la puerta. En el instante en que la abría la secretaria pregunto por ella:

_ “¿Soledad G…?”

…y si escucha a lo lejos ya una tan breve como encantadora respuesta:

_ “Si…"

Fue su nombre lo único que llevé en la mente hasta esta noche.

La única luz que me rodea es la del velador azul sobre la mesa de luz, sin embargo me siento vivo en cada rincón.

Me he detenido en cada cosa que sacaba del ropero, deseando que se tratara de algún recuerdo suyo.

A las sonrisas se suman otras, y otras…

_ “Es como si estuvieras aquí” – digo como hablándole a un ser al borde del ropero – y entre risas vuelvo a sentarme sobre esa caja de cartón repleta de apuntes y libros.

Mi taza de café se ha resignado al olvido sobre uno de los estantes, rociada de polvo y circundada por una que otra polilla despistada. Ha esperado paciente desde aquel primer y último sorbo aun hirviendo hasta el gélido destino del cual no ha escapado a causa de su inerte existencia.

Es imposible no trasladarla a cada recoveco de mi vida y a cada espacio que tiene la mala suerte de recibirme.

Este es el hermoso precio que termina pagando el corazón por la curiosidad de los ojos.

No creo en las despedidas y menos las que terminan con un “chau-chau” tan simple. Lo único que tengo es un nombre y un pequeño recuerdo. Solo falta que la mitad imaginada si vuelva realidad.